A
continuación replicaré en su totalidad, una historia contada por el gran
Vicente Leñero, publicada en el número 43 de la Revista Literaria Luvina,
editada por la Universidad de Guadalajara, el verano de 2006. Con el fin de que
recordemos quien es Manuel Bartlett, quien recientemente ha sido nombrado como
el próximo Director General de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), en el
gobierno de Andrés Manuel López Obrador, el cual entrará en funciones el 1° de
diciembre de 2018.
Este
texto nos describe a la figura de un personaje siniestro de nuestra historia
contemporánea, que regresa a la escena política, en un escenario en el que no
encaja, ya que se prometió al pueblo de México una “transformación”. La
presencia de Bartlett en el nuevo gobierno, nos hace pensar que esa
transformación no se realizará y que el discurso del virtual presidente electo resulta
incongruente.
Publico
este texto con el fin de que siga circulando en redes y se desista de ésta
decisión tan absurda y ofensiva para los que pusieron su confianza y esperanzas
en el nuevo gobierno.
Gabriela Casas Cabrera
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LA PARÁBOLA DEL VASO
Vicente
Leñero
![]() |
| Julio Scherer y Vicente Leñero |
En
"Los presidentes" de Julio Scherer García, Julio y Enrique Maza
relataron al alimón esta anécdota ocurrida en noviembre de 1983, cuando Miguel
de la Madrid era presidente de la República y Manuel Bartlett fungía como Secretario
de Gobernación. Yo completo aquí ese relato desde mi punto de vista. Empiezo
reproduciendo los párrafos iniciales que escribió Enrique para el libro de
Julio, como antecedente de la historia:
Hay
en Venezuela, en San Diego de los Altos, Estado de Miranda, un lugar llamado
Granja Hogar de los Peregrinos, donde vive una colectividad fundada por 1976 o
1977. Busca la comunidad una vida espiritual; desarrollar su propia conciencia,
vivir de acuerdo con ella y “depender únicamente de la Voluntad Divina”.
Allí fueron a vivir cinco hermanos: Santiago, Germán, María Teresa, Juan y José Antonio Carter Bartlett, sobrinos del secretario de Gobernación, Manuel Bartlett Díaz, hijos de su hermana.
Desde
el cuatro de noviembre de 1982, el matrimonio Carter Bartlett llegó a la
comunidad a vivir con sus hijos. Su estancia allá duró diez meses.
A principios del segundo semestre de 1983, la hermana del secretario de Gobernación y su esposo regresaron a México para arreglar asuntos pendientes. Los acompañó Germán, quien contó en testimonio publicado el cinco de noviembre de 1983 en El Nacional de Caracas, cómo la influencia y el poder de su tío transformaron a sus padres y los hicieron cambiar de idea. El matrimonio Carter Bartlett decidió no volver a Venezuela y sacar a sus tres hijos menores de la comunidad.
A principios del segundo semestre de 1983, la hermana del secretario de Gobernación y su esposo regresaron a México para arreglar asuntos pendientes. Los acompañó Germán, quien contó en testimonio publicado el cinco de noviembre de 1983 en El Nacional de Caracas, cómo la influencia y el poder de su tío transformaron a sus padres y los hicieron cambiar de idea. El matrimonio Carter Bartlett decidió no volver a Venezuela y sacar a sus tres hijos menores de la comunidad.
El señor Carter viajó a San Diego de los Altos para recoger sus pertenencias y llevarse a Juan y a José Antonio, los dos menores de edad. Juan suplicó quedarse. El señor Carter cedió e hizo los arreglos legales y materiales del caso para dejar a Juan bajo la custodia de Santiago, el mayor. Y regresó a México con José Antonio.
El
primero de noviembre de 1983, la Dirección del Servicio de Inteligencia y
Prevención (DISIP), policía venezolana, allanó el hogar, saltó los muros,
penetró con violencia y sacó por la fuerza a María Teresa, de diecinueve años,
y a Juan, de diecisiete. Eran cinco funcionarios armados de la DISIP, acompañados
por un agente especial. Fue “un atropello cometido por las autoridades
venezolanas al ejecutar órdenes provenientes del gobierno mexicano”,
denunciarían más tarde los hermanos.
Confiscados sus documentos personales, María Teresa y Juan fueron deportados en un avión de Aeroméxico. Un funcionario de la embajada mexicana en Venezuela supervisó la deportación.
Dolidos,
furiosos contra sus padres y su tío omnipotente, María Teresa y Juan se
acercaron a Enrique Maza, en las oficinas de Proceso. Le contaron su historia. Querían denunciar públicamente a
Manuel Bartlett por abusos de poder.
Enrique Maza nos puso al tanto durante la reunión del consejo editorial y se decidió que escribiera un pequeño reportaje que ocuparía dos páginas de la revista. Julio quería que tuviera una cabeza en portada.
Enrique Maza nos puso al tanto durante la reunión del consejo editorial y se decidió que escribiera un pequeño reportaje que ocuparía dos páginas de la revista. Julio quería que tuviera una cabeza en portada.
—¿En
portada? Es un asunto chiquito —le dije.
—¿Te
parece chiquito que esté involucrado el Secretario de Gobernación?
—Es
chiquito. Además, si yo estuviera en la piel de los padres de esos chamacos,
haría lo imposible por sacar a mis hijos de una secta así, con gurús mafufos y
puras ideas de locos.
—Pero
ellos mismos metieron a sus hijos allí —intervino Enrique Maza.
—Y
se arrepintieron, y trataron de sacarlos a como diera lugar.
—Ése
no es el asunto —dijo Julio—. El asunto es Bartlett. Su prepotencia, el uso de
fuerza para entrometerse en cuestiones venezolanas.
—De
cualquier modo no merece portada.
—Está
bien —concedió Julio—, que no vaya en portada.
Ese
viernes en la tarde, día del cierre de la revista, María Teresa Carter Bartlett
cometió una indiscreción en su casa, según supimos después. En pleito con su
madre, quien la tenía encerrada, le gritó que su historia se iba a saber
pronto. Le había soltado la sopa a una revista.
A
las diez de la noche de ese mismo viernes, armado ya el número 369 de Proceso, que circularía a partir del
domingo, Julio recibió una llamada telefónica cuando estaba a punto de
retirarse de la oficina. Enrique Maza había salido media hora antes, satisfecho
de la concisión y de la contundencia de su reportaje.
—Me
acaba de hablar Zorrilla —dijo Julio.
—¿Qué
Zorrilla? — pregunté despistado.
—Juan
Antonio Zorrilla, hombre, el director de la Federal de Seguridad. Ya sabe.
—Ya
sabe qué.
—Del
reportaje de Enrique. Lo mandó Bartlett, está negro.
—Qué
te dijo.
—Puras
pendejadas. Que no la chingue, que el reportaje no puede salir. Me ofreció un
billete descomunal.
—¿Y
tú qué le dijiste?
—Lo
mandé al carajo, qué le iba a decir. Viene para acá.
Julio escribió después en “Los presidentes” 1:
Julio escribió después en “Los presidentes” 1:
Llegó Zorrilla a Proceso. Automóviles negros de cuatro puertas, las antenas como periscopios, quedaron estacionados en línea sobre la calle de Fresas. Un ayudante acompañó hasta mi oficina al director de la Federal. Al otro lado de la puerta permaneció el gigante, me contarían mis compañeros. Un segundo agente se ocupó del acceso a la casa. Otros rondaron la calle.
Zorrilla fue al asunto, sin trámites.
—Es
que no vas a publicar el reportaje.
—Aquí
decido yo, José Antonio. Lo vamos a publicar.
—Te
digo que no.
—Te
aseguro que sí.
Largo
tiempo permaneció José Antonio Zorrilla hablando con Julio, encerrados en su
oficina. Nos parecieron horas mientras aguardábamos expectantes, más bien
temerosos: recuerdo a Rafael Rodríguez Castañeda, a Carlos Marín, al cartonista
Efrén, interrogándonos entre nosotros y meneando la cabeza. De algún modo
estábamos acostumbrados a las presiones y amenazas que nos llegaban de los
representantes del gobierno, durante el sexenio de López Portillo y ahora con
el grisáceo De la Madrid, pero Julio paraba siempre los golpes con su habilidad
de karateca de la política. Ahora haría lo mismo, quizá, seguramente, nos
decíamos murmurando. Aunque quizá no. Con la Federal de Seguridad por delante y
el tortuoso de Bartlett atrás, sintiéndose Dios.
Julio
conocía a Zorrilla desde que éste tenía de jefe, en la Federal de Seguridad
precisamente, a Fernando Gutiérrez Barrios. Se llevaba bien con el tal José
Antonio, como un buen periodista se lleva con quien puede ser su fuente o acaso
su víctima merced a un reportaje delator, nunca se sabe. Su “amistad”, en este
caso, sólo servía para facilitar el jaloneo de la charla, no para resolverla
tratándose de un asunto que comprometía al Secretario de Gobernación. Era él
quien enviaba a su policía mayor para negociar con dinero —era mucho dinero el
que le estaba ofreciendo a Julio, a Proceso,
y ahí sí topaba con hueso— o con las amenazas contundentes de la fuerza bruta.
Por
fin salió Julio de su oficina. Había conducido a Zorrilla a la sala de juntas y
le había ofrecido un café, un vaso de agua, un refresco. El jefe de la Federal
optó por una cocacola que le sirvió en un vaso Elena Guerra, la secretaria de
Julio.
—¿Cómo
va la cosa? —le pregunté al director cuando llegó hasta nosotros.
Julio
meneó la cabeza francamente preocupado.
—Me
sostuve. Le dije que íbamos a publicar el reportaje a como diera lugar.
—¿Y
él qué dice?
—Quiere
hablar contigo.
—¿Conmigo?
—abrí tamaños ojos.
—Habla
con él.
—Pero
qué le digo.
—Tú
sabrás —me respondió Julio con una sonrisa que tenía algo de irónica.
Sobreponiéndome
a las piernas que se me aguadaban fui hasta la sala de juntas, donde José
Antonio Zorrilla bebía de su vaso de cocacola. Era un cuarentón cuadrado,
bajito, con cierto aire de rubio. Llevaba lentes gruesos, color ámbar, según
recuerdo, y vestía de traje y corbata. No parecía un gorila, desde luego, sino
un oficinista cualquiera, decente.
—Me
dice Julio que usted es el único que lo puede convencer de que no se publique
ese reportaje —profirió con voz tranquila, mirándome a la cara.
—Julio
es mi jefe, es el director de la revista, y si él dice que el reportaje se publica,
el reportaje se publica.
—Pero
usted qué piensa.
—Yo
pienso lo que piensa Julio.
Zorrilla
chasqueó la boca. Puso el vaso de cocacola en el filo de la mesa ovalada que
presidía la sala de juntas y empezó a deslizarlo, con las puntas de los dedos,
hacia delante, mientras decía:
—¿Sabe
lo que les pasa a ustedes? Son como este vaso —filosofó—: caminan rectos,
rectos, pero no se dan cuenta de que la realidad se tuerce, como la mesa... ¿y
qué pasa?
Zorrilla
había llevado el vaso hasta el límite donde la mesa ovalada empezaba a
curvarse. Lo impulsó un poco más, en línea recta, y el vaso cayó con el
estrépito de un pequeño vaso que se triza en el suelo y derrama el contenido de
la cocacola.
—¿Se
da cuenta? —me preguntó.
—Sí
—dije—, ya entendí.
Zorrilla
se inclinó para recoger una porción del vaso roto y lo puso de nuevo en la
mesa. Sonrió. Parecía satisfecho con su parábola. Dijo, después de un silencio:
—¿Usted
tiene cuatro hijas, verdad?
—Sí,
señor.
—Cuatro
hijas a las que quiere muchísimo.
—Muchísimo,
señor Zorrilla.
—No
deje que les pase nada, señor Leñero... ¿Por qué no convence de una buena vez a
Julio y terminamos con esto? Hágame ese favor.
Me levanté de la silla, dije un vago con permiso y fui a encontrarme con Julio, que había regresado a su oficina.
Me levanté de la silla, dije un vago con permiso y fui a encontrarme con Julio, que había regresado a su oficina.
Le
conté el incidente, tal cual. Me vio francamente asustado.
—No,
Julio, no se vale. Este cabrón y el cabrón de Bartlett no se andan con mamadas.
Yo me la he jugado contigo desde el golpe a Excélsior por cosas importantes,
pero por los pinches sobrinitos de Bartlett de plano no, no vale la pena. Yo
ahí sí me rajo. Este amigo va.
—No
me digas más, Vicente, no me digas más.
—Puedes
pensar que soy un cobarde, que/
—Que
no me digas más, te digo. Ya. Se acabó. Vamos a ver a Zorrilla.
Julio
me tomó del brazo y regresamos a la sala de juntas, donde el director de la
Federal de Seguridad continuaba sentado. Sus lentes redondos, su traje
elegante.
Le
espetó, directo:
—Tú
ganas, José Antonio. No vamos a publicar el reportaje.
Zorrilla
no esperaba una respuesta tan pronta porque se mantuvo sentado unos segundos,
mirando a Julio. Por fin se levantó. Ladeó la cabeza y se aproximó para darle
un abrazo, pero Julio estiró su derecha, como para detenerlo. Forzó un apretón
de manos que debió ser de piedra.
Destruimos
después los cartones formateados con el reportaje de Enrique Maza y en su lugar
publicamos unas cuantas notas más de la sección Proceso nacional.
En
1985, un año después de que el periodista Manuel Buendía fue asesinado en un
estacionamiento, José Antonio Zorrilla dejó la Federal de Seguridad. Fue
nombrado candidato a diputado federal por el PRI, pero huyó del país. Se le
acusó de mantener nexos con narcotraficantes y de ser el autor intelectual del
crimen de Buendía. Lo declararon culpable en 1993 y lo sentenciaron a 35 años.
Ahí sigue, el cabrón, en la cárcel.
Ahí sigue, el cabrón, en la cárcel.
![]() |
| Manuel Bartlett con los expresidentes Miguel de la Madrid Hurtado y Carlos Salinas de Gortari; así como, con el virtual presidente electo, Andrés Manuel López Obrador. |
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1. Scherer García, Julio. Los
presidentes. Editorial Grijalbo, Ciudad de México, 2015. 421 p.p.


